En la relación entre las palabras y los objetos hay, sobre todo, una oportunidad para la literatura porque, en el mejor de los casos, los objetos son palabras: el material con el que pintamos los que escribimos. Cualquier pintor sabe si prefiere la acuarela al óleo porque conoce la manera en la que el material se desliza por la tela. Debería pasarnos lo mismo con las palabras, conocer cómo consiguen su volumen dentro del texto. Quiero decir, que las palabras tampoco son lo que son, siempre piden más, deslizan unas hacia otras. Si digo aceite, cada lector imaginará algo diferente: el aceite del auto, el aceite para la ensalada, el enchastre de aceite en los azulejos.
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