El personaje de Cicuta para los oídos hace su aventura en un lugar semipoblado de la provincia de Buenos Aires. Allí bordará sobre fotografías históricas –generalmente retratos de “perdedores”– y aprenderá los olvidados oficios terrestres. Su bordado es una misa y una restitución, pero sobre todo un ritmo cuyo fin es observar por dónde entra y sale la aguja, hasta llegar a olvidarlo como la flecha que se clava en su centro cuando el arquero deja su obsesión por lograrlo. Inacayal, Catriel, Foyel, vencidos y humillados por la Campaña del Desierto, vuelven en sus retratos bordados con los colores de su soberanía. Si Vilma Palma e Vampiros, que los vecinos escuchan con los parlantes muy altos, representan al pueblo y su algarabía.
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