No somos una excepción. Aunque se hayan conjugado elementos tan inusuales como desafortunados. Aunque, también, hayamos gozado de ciertos privilegios, como la prepaga y la posibilidad de contratar cuidadoras. Pero no es excepcional la violencia, ni tampoco la mala praxis, ni mucho menos el haber quedado aplastadas bajo la impunidad de la corporación médica y sus tácticas de ocultamiento y control de daños. Lo excepcional es, en tal caso, nuestra vigilancia foucoultiana, el haber visto y oído lo que, en general, permanece del otro lado de la puerta que separa al enfermo de las visitas, y lo que sólo padece quien queda confinado y a su suerte, muchas veces incapaz de testimoniar y, muchas otras, simplemente sin ser escuchado.
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