Frank, el padre de Helen Longstreth, cocinaba muy bien: la casa en la que ella creció olía a minestrone, a muffins de chocolate, a romero y a salsa de vino tinto. Además, Frank era alcohólico y cocinar era una manera de pedir perdón a su familia tras una recaída. ¿Cómo se puede odiar a alguien tanto como se lo ama?, se pregunta la autora en estas memorias. A través de una prosa pulida y bella, Longstreth logra que amemos y, por momentos odiemos, a su madre, que trataba de sacar adelante a sus hijas de formas a veces disparatadas, a Michael, un novio que parece perdido en la vida, a Lucy, una tía un poco maníaca que también lucha contra la adicción.
CORREO ARGENTINO
DESCUENTO DEL 10% POR TRANSFERENCIA BANCARIA
Protegemos tus datos