Se ha dicho alguna vez que el detective y el filósofo comparten el mismo oficio: el arte de hacer buenas preguntas. Con la diferencia de que la filosofía, si encuentra al responsable del crimen, no expone a un policía corrupto o mayordomo vengativo sino los cimientos mismos que dan sentido a lo real, inclusive si al final descubre que estos no existen. En este policial filosófico, un grupo de contertulios repasa los detalles de un crimen. Los móviles y el culpable parecen al comienzo evidentes, aunque, a medida que las versiones se multiplican y entremezclan.
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