Morteros, pueblo adicto a las catástrofes, lejos de ser un punto más de la llanura pampeana es tierra fértil para los sucesos más extraños: ataúdes flotantes, paracaidistas a los que no se les abre el paracaídas, vacas apocalípticas, un tal Harley Davidson, una sala de cine que desaparece en un tornado junto a sus treinta y tres espectadores. Esta es la cotidianidad de Vidria, un niña curiosa y divertida, apasionada por el mundo de los muertos, porque encuentra allí la frescura y el humor que tantas veces faltan entre los vivos.
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