Un hijo en la medianía de edad cuida a su padre agónico. Los días pasan entre la angustia, las rememoraciones, las asociaciones, los descubrimientos. Y en medio del delirio, el padre le habla de otra familia, de una tragedia, de una zona muda que definió su vida y que decidió esconder. El hijo entiende que nunca conocemos a nuestros padres por completo. «Me dijeron que para un padre hacían falta dos ataúdes. Uno para él. El otro para los aullidos de incomprensión. Me dijeron que para meterlo debían antes sacarle la lengua, llenarle la boca con semillas de amapola y menta. Era mejor que un padre no hablara después de muerto». Tom Maver teje un relato conmovedor y lleno de recovecos que logra al mismo tiempo divertirnos y paralizarnos.
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