Benjamin Constant lleva en la novela breve Cecilia la agudeza en la observación de las relaciones amorosas todavía más lejos que en Adolfo, y toca un punto que asustó al propio autor, reticente de publicarla —acaso por sus entrelíneas autobiográficas—, hasta resultar finalmente póstuma. Despiadado consigo mismo, Constant examina con frialdad implacable las fluctuaciones de la pasión, la esclavitud voluble a la que somete su placer, la limitación de sus variaciones.
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