El texto teatral en su rareza implica siempre una tercera dimensión. Es su propio tiempo y espacio, pero es además una hipótesis de representación escénica a la que contiene sin ilustrarla. Como esas cápsulas homeopáticas que no contienen la droga sino a su energía. Cuando el autor no le entiende a la dramaturgia esa extravagancia y escribe olvidando la escena lo suyo queda en mera literatura y es cosa inútil. Cuando tampoco se la entiende y escribe sólo para ese escenario puede que resulte práctico pero nunca trascenderá su módica condición de utensillo. Ahí está el asunto. Cuerpo y palabra en un solo objeto. Por ese escollo medio metafísico es que en el mundo hay tanta gente que escribe teatro pero tan pocos dramaturgos
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